Contra la depredación de la vida y el planeta. Anarcosindicalismo para cambiarlo todo
El “sálvese quien pueda” parece ser la única salida de un sistema que se resquebraja. Para mucha gente será la respuesta lógica a un tecnocapitalismo que deja patente el total agotamiento de la civilización actual. En lo político, estamos presenciando una lucha sin cuartel de la burguesía conservadora por imponer su agenda tecnofascista. Esta busca construir un relato que culpabilice de la decadencia de la civilización burguesa al feminismo, a los migrantes, al ecologismo, a la comunidad LGTBIQ+, a los avances sociales, o, incluso, a las instituciones liberales tradicionales que ellos mismos han erigido o de las que han participado durante décadas. Muchas personas, incluso una parte de la clase trabajadora (sin conciencia de clase), se dejan seducir por ese mensaje al ver desvanecerse el sueño de la plenitud vital que les prometía la sociedad de consumo: una casita, un coche, unas vacaciones en la playa o en una ciudad de moda sobre las que edificar una blanca y heterosexual familia feliz.
En este contexto, las facciones de la burguesía liberal que pretendían edificar un capitalismo verde se encuentran en una situación cada vez más débil. La solución de convertir la transición ecológica en un lucrativo negocio que salvase el planeta y posibilitara un “Green New Deal” parece perder adeptos. Para sorpresa de los más ingenuos, estamos viendo cómo abandonan sus filas los grandes magnates de la tecnoburguesía que se suman sin ningún pudor al tecnofascismo. Independientemente de quién lo defienda, pensar que la crisis climática puede salvarse con más tecnología no parece corresponderse con lo que nos enseña la experiencia. A lo largo de la historia de la humanidad hemos visto que siempre se ha contaminado más cuanta más tecnología ha necesitado una comunidad o un grupo social determinado.
¿Qué debe hacer la clase trabajadora en esta situación histórica? Desde luego, no permanecer pasiva como un mero espectador. Esta tensión política actual entre los dos modos de administrar la depredación capitalista consume nuestras vidas, la de los trabajadores y trabajadoras: la privatización de las pensiones para convertirlas en un lucrativo negocio, la explotación de la vivienda para exprimir hasta límites inaguantables a las clases populares, el deterioro de los servicios sanitarios para empujarnos hacia seguros privados de mierda, la subida de los precios de productos básicos mientras las multinacionales viven una orgía silenciosa de beneficios récord, son solo algunos ejemplos. Por otro lado, vemos que nuestras duras condiciones materiales no son el único problema en unas ciudades neoliberales cada vez más hostiles (llenas de asfalto, turistas y soledad) que quiebran nuestra salud mental: el ocio alienante bien en sus nuevos formatos (Tiktok, Instagram, etc.) o en sus formas tradicionales (fútbol), la cultura de vaciamiento de la vida a través de la reducción a la categoría de espectáculo (desde la política hasta la cocina), el miedo teledirigido (al okupa, al migrante), la automatización de la vida, etc. Todos estos factores y muchos más, hacen que la brutal artificialización de la existencia se haga insoportable. El capitalismo posindustrial parece querer devorar la vida humana y el planeta al mismo ritmo. La crisis climática es la mejor muestra de ello y la dana de Valencia que segó más de 200 vidas parece ser el preámbulo de un futuro cuyo guion tenemos que cambiar. Es el momento de que las trabajadoras y trabajadores demos un golpe sobre el tablero y reescribamos las reglas del juego. Nuestra contribución en el pasado ha sido fundamental para lograr avances sociales, hay que tomar impulso para socavar los pilares de la opresión en todas sus vertientes y construir sobre sus escombros un mundo nuevo donde no quepan las relaciones de dominación.
Por un 1º de mayo contra la depredación del planeta y de nuestras vidas. Trabajador/a: únete a CNT-AIT. Juntas, entre iguales, podemos cambiarlo todo.
Son tiempos extraños. Podríamos llamarlos, una vez más, «la era de los monstruos». La burguesía internacional se une contra los intereses de las clases subalternas para salir de la crisis económica que ha provocado. Tras la pandemia, los grandes trusts empresariales occidentales buscaron una salida a la congelación de la producción. Sus marionetas, los políticos, la encontraron. Su salida se llama «economía de guerra».
Durante muchos años, la clase obrera no prestó atención a las declaraciones y movimientos de los políticos burgueses de la UE. Ahora los trabajadores se sorprenden de que el nuevo gobierno de coalición belga pretenda aplastar lo que queda del Estado del bienestar y gastar el dinero en armamento militar. Pero no es ninguna sorpresa. Desde hace más de diez años, las potencias imperialistas están librando una «guerra de poderes» para remodelar esferas de influencia, territorios, recursos energéticos, materias primas y cadenas de producción. En Europa, el mayor escenario de estas guerras ha sido la invasión imperialista rusa de Ucrania. Es en este contexto en el que la clase obrera debe entender lo que está ocurriendo en Bélgica.
En un documento enviado a los Estados miembros el 24 de septiembre y citado por Euronews, 28 empresas europeas de «defensa» afirman que el apoyo financiero de la UE debe dirigirse al sector nacional. El plan a corto plazo «también debería servir de prueba para aprender rápidamente con vistas a un programa a largo plazo más ambicioso después de 2028», decía la carta, firmada por grupos grupos como Leonardo, SAAB, Airbus, Rheinmetall e Indra. En el marco de la Estrategia Industrial Europea de Defensa, los 27 Estados miembros de la UE -23 de los cuales son también miembros de la OTAN- se han fijado el objetivo de dedicar el 50% de sus presupuestos militares a la adquisición de armas exclusivamente a grupos de la UE de aquí a 2030, porcentaje que aumentará hasta el 60% en 2035. Eso fue el año pasado y muy poca gente le prestó mucha atención.
Piotr Kropotkin (1913): «Sabemos que todos los grandes Estados han favorecido, además de sus propios arsenales, la creación de enormes fábricas privadas, donde se fabrican fusiles, blindajes para acorazados menores, obuses, pólvora, cartuchos, etc…Ahora bien, es perfectamente obvio que la ventaja directa de los capitalistas que han invertido su capital en tales empresas es mantener los rumores de guerra con el fin de persuadirnos de que los armamentos son necesarios, e incluso sembrar el pánico si es necesario. Y, de hecho, eso es lo que están haciendo.
Con el nuevo año y la configuración de la nueva Comisión Europea, comprendemos mejor lo que eso significa. Como un estribillo, podemos oír todos los días a los administradores de la OTAN, la UE, los banqueros, los industriales, los medios de comunicación (la clase burguesa) diciendo exactamente lo mismo para obligarnos a aceptar nuestra miseria: «Europa debe replantearse su bienestar y construir una economía de guerra» y «si queremos la paz, debemos estar preparados para la guerra». Así de claro. De todos. No es casualidad. Tenían un plan. El mejor ejemplo que podríamos dar es la empresa alemana Rheinmetall, que ya ha convertido centros civiles en líneas de producción militar. Y adivina qué: Rheinmetall ha anunciado un aumento del 38% en su beneficio neto en 2024 y espera que las ventas aumenten a medida que los belicistas de la Comisión Europea presionen para obtener más capacidades militares.Como resultado, la estancada producción industrial alemana ha recibido un impulso. En segundo lugar, pueden dar las gracias al presidente estadounidense Trump por sus medidas y, como escribió Politico el 20 de enero: «Esto también explica por qué la industria está relativamente relajada respecto a Trump. Si saca a EEUU de la OTAN y deja que Europa vaya por libre, el continente tendrá que confiar en sus propias empresas armamentísticas, ofreciéndoles una oleada de contratos.» Menuda oportunidad, ¿eh?
Emma Goldman escribió en 1915: «Lo que ha llevado a las masas de Europa a las trincheras y a los campos de batalla no es su deseo interior de guerra; hay que buscarlo en la feroz competencia por el equipamiento militar, por ejércitos más eficientes, por barcos de guerra más grandes, por cañones más potentes. No se puede construir un ejército permanente y luego meterlo en una caja como soldaditos de plomo. Los ejércitos equipados hasta los dientes con armas, con instrumentos de asesinato altamente desarrollados y apoyados por sus intereses militares, tienen sus propias funciones dinámicas. Basta con observar la naturaleza del militarismo para ver lo obvia que es esta afirmación».
Y entonces, aquí estamos. La clase obrera sufriendo las decisiones tomadas desde arriba.Todos los recortes en ayudas sociales, la ampliación de la jornada laboral para las pensiones y el resto de medidas neoliberales y antisociales anunciadas por el nuevo gobierno no son más que una abierta declaración de guerra de clases para proteger los beneficios del Capital. Lo que proponemos es organizarnos en base a nuestros intereses de clase. Obreros contra patronos. Clase contra clase. Nuestra clase debe construir relaciones de solidaridad tanto dentro del territorio en el que vivimos como a nivel internacional. También debemos reconocer que nuestro enemigo está aquí, en Bélgica, en la UE, en la OTAN. Y son la solidaridad y la organización internacionalista las que pueden dejar claro una vez más ante los ojos y los sueños del proletariado mundial que los imperialistas y todos los reaccionarios no son más que tigres de papel frente a pueblos decididos a luchar.
Respondemos a las propuestas de Théo Francken de convertir la producción civil en militar con unas palabras del Manifiesto Anarquista Internacional contra la Guerra (febrero de 1915): «A los obreros de las fábricas y de las minas hay que recordarles que las armas que ahora tienen en sus manos fueron utilizadas contra ellos en el momento de la huelga y la revuelta y que más tarde volverán a ser utilizadas contra ellos para obligarlos a someterse y soportar la explotación capitalista.»
Si queremos mantener viva la llama de la posibilidad de cambio, debemos encontrar la forma de crear las fisuras políticas necesarias en la política burguesa y estatal. Debemos aspirar a reenfocarnos, reinspirarnos y movilizarnos por el camino de la perspectiva revolucionaria. Si insistimos tanto en esta orientación, es decir, en la necesidad de unirnos a una política evolutiva, es porque las condiciones que prevalecen hoy en día conducirán inevitablemente a ella. Y debemos estar listos, preparados y bien organizados para que, como clase y como movimiento, podamos desempeñar un papel orgánico en la realización de perspectivas antiimperialistas, anticapitalistas y revolucionarias.
Debemos fijarnos el objetivo de crear relaciones y estructuras que propongan otro modelo social, más allá de la lógica impuesta por el capitalismo. La creación de comunidades de lucha dentro de la clase, y la creación de espacios e infraestructuras que puedan apoyar a estas comunidades, debe ser una prioridad.
Frente a la lógica de liderar tal o cual lucha, proponemos la lógica de una política autónoma que vaya más allá de cuestiones puntuales. Es una forma de ofrecer un ejemplo que diga que somos capaces de producir política por nosotros mismos y para nosotros mismos, sin la mediación de «los de arriba» y a favor de nuestros intereses. En otras palabras, producir una política y una actividad positivas en lugar de la que estamos acostumbrados, es decir, la política de la oposición.
Por último, tenemos que decir que será aún más importante que las voces contra la guerra se mantengan altas y firmes cuando toda la sociedad haya caído en la trampa de la retórica y las actitudes a favor de la guerra. Lo que puso fin a la Primera Guerra Mundial fue la revolución en Rusia y su extensión a los demás centros de los países imperialistas. Deberíamos tomar esto como ejemplo y posicionarnos contra las guerras de los gobernantes y también contra la falsa paz del sistema explotador que se nos ofrece ahora.Esto significa crear las circunstancias que hagan posible una explosión revolucionaria.
Anarchistes Contre les Guerres Capitalistes, mars 2025 ancontreguerre@riseup.net
Introducción: el Imperio y la Guerra de los Treinta Años
Las dimensiones del Estado moderno son extraordinariamente poco conocidas, dado su papel dominante en la vida social y económica actual. Como argumentaba Piotr Kropotkin en The State: Its Historic Role, confundir la sociedad y el Estado «es olvidar que para las naciones europeas el Estado es de origen reciente, que apenas data del siglo XVI». Aunque escribía antes de la visión contemporánea dominante de la paz de Westfalia como precursora de la concepción moderna de la soberanía, para Kropotkin estaba claro que algo había cambiado, que el Estado moderno representaba de hecho una ruptura significativa con las formas precedentes de gobierno político. Lo cierto es que la guerra transformó la naturaleza del poder político mucho más profundamente que la soberanía westfaliana, sea cual sea su interpretación. El fuego y la presión que fusionaron por primera vez el capital y el Estado moderno procedían de la guerra. Y a lo largo de toda la Edad Moderna hasta nuestros días, la alianza entre el capital y el Estado se ha mantenido firme en cuestiones de guerra e imperio.La guerra ha sido un negocio muy lucrativo para el capital privado y ha servido a los intereses del Estado al permitirle extender su voluntad, tanto geográficamente como contra su propio pueblo. A medida que se desarrolla el mundo moderno, en particular durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), nos encontramos con el crecimiento de un tipo diferente de soberanía, forjada no a través de instrumentos legales cuidadosamente redactados, sino a través del puro poder centralizado, es decir, a través del poder de un nuevo y más fuerte tipo de ejército. Como veremos, la guerra moderna cambió el Estado de varias formas directas y mensurables, dando lugar al tipo de poder consolidado y geográficamente contenido que asociamos con los Estados actuales.
Los contemporáneos hablaron de la Guerra de los Treinta Años en términos que sólo pueden describirse como apocalípticos, reflejando una «obsesión por las profecías, las conspiraciones y las imágenes del fin de los tiempos». La generación de horrores de la guerra conecta varias tendencias relacionadas, en el centro de las cuales se encuentra una revolución en la capacidad y la práctica militar cuya transformación de las armas y la guerra exigió un aumento de la capacidad estatal desde el punto de vista fiscal y administrativo. Aunque nunca tendremos un recuento totalmente exacto de la mortandad que reinó en Europa de 1618 a 1638, murieron unos 8 millones.Se trataba de una parte masiva de la población total, y grandes franjas de la actual Alemania perdieron hasta la mitad de sus habitantes a causa de los combates, los saqueos y asesinatos, las enfermedades y el hambre. En las encuestas realizadas después de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes seguían situando la Guerra de los Treinta Años por delante del nazismo y de la peste negra como el peor desastre de Alemania. A principios del siglo XVII, «la dinastía era, con pocas excepciones, más importante en la diplomacia europea que la nación». Poderosas familias como los Habsburgo en Austria y España y los Borbones en Francia gobernaban los numerosos principados del Imperio, cuyos territorios a menudo no eran contiguos. En parte debido a la forma en que los príncipes del Imperio habían transmitido sus tierras a sus hijos durante siglos, los territorios se dividían y redividían constantemente. La nación alemana, tal como era, se fue fragmentando y descentralizando con el tiempo. «Así, una población de veintiún millones dependía para su gobierno de más de dos mil autoridades distintas». El poder político estaba estratificado y dividido. No había un único lugar central en el que buscarlo. «En el viejo mundo, las lealtades religiosas contaban tanto o más que la lealtad al Estado. Mientras tanto, las fronteras políticas se situaban incómodamente al lado de las redes superpuestas de lealtad y obligación personal que quedaban de la época medieval.En el mundo posterior a 1648, la soberanía política del Estado reinaría por encima de todo». Muchos historiadores han aconsejado cautela contra la extracción de significados más profundos del caos y la destrucción de la guerra. El historiador C.V. Wedgwood, por ejemplo, escribe: «Moralmente subversiva, económicamente destructiva, socialmente degradante, confusa en sus causas, tortuosa en sus resultados, es el ejemplo más destacado en la historia europea de conflicto sin sentido». Wedgwood, que tenía un conocimiento increíblemente profundo de los materiales primarios y los prefería a la erudición, consideró la Guerra de los Treinta Años «innecesaria» y dijo que «no tenía por qué haber ocurrido» y que «no resolvió nada que mereciera la pena resolver». Si no resolvió nada y nunca debió ocurrir, la guerra contuvo, no obstante, alteraciones fundamentales del orden político que permanecen con nosotros hoy.
En 1600, el Sacro Imperio Romano Germánico contaba con al menos 20 millones de habitantes, repartidos en miles de «unidades políticas semiautónomas, muchas de ellas muy pequeñas». Muchas de estas entidades políticas estaban geográficamente fragmentadas o divididas entre varios territorios. Aunque la gran mayoría eran pequeños ducados, condados y obispados con poco poder o importancia política, existían varios reinos poderosos con un poder y una población que rivalizaban con los de otros grandes reinos europeos fuera del Imperio.El Imperio tenía una historia profunda y un orden constitucional venerable. El vínculo entre el Papado y el Imperio tenía siglos de historia, precediendo posiblemente a la fundación del propio Imperio e incluyendo episodios aún más antiguos, como la Donación de Pepin, el rey franco cuyo hijo, Carlomagno, se convertiría en el primer emperador de Occidente desde la caída de Roma. El emperador era elegido por siete electores, que representaban a las coronas y territorios más poderosos de un imperio que, aunque predominantemente alemán, se extendía en 1618 desde sus límites occidentales en los actuales Países Bajos, Bélgica, Francia e Italia hasta las costas bálticas de la actual Polonia en el noreste. Los límites más orientales del imperio se extendían por la actual Austria, dominada tradicionalmente por la dinastía de los Habsburgo, la República Checa (que se corresponde aproximadamente con el Reino de Bohemia) y partes de Eslovenia. En la época de la guerra, el Imperio contaba con un sistema constitucional definido, que exigía desde hacía tiempo un cierto grado de autonomía para los electores y las diversas coronas y estamentos menores. Dentro de este sistema, el Papa ocupaba un lugar preponderante. Aunque el Vaticano estaba lejos, el poder de la Iglesia era real y tangible en la vida de los pueblos del Imperio. Los funcionarios eclesiásticos eran a menudo miembros de importantes familias nobles, con grandes propiedades -a menudo incluso principados enteros- y poder político en el mundo real.Tal vez una séptima parte del Imperio pertenecía a estos principados eclesiásticos, pero esto no refleja plenamente el poder o la importancia de la Iglesia en su política. En 1618 había docenas de clérigos en la Dieta Imperial, y el propio sistema electoral prescribía que tres de los siete príncipes electores fueran altos miembros del clero católico, los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia.
El desarrollo de la capacidad estatal a través de la guerra
En la actualidad, nuestros debates sobre las relaciones entre Estados dan por sentados unos ejércitos vastos, bien equipados y altamente profesionalizados, sofisticados tanto en el campo de batalla como en términos políticos. Incluso Estados mucho más pequeños que Estados Unidos gastan decenas de miles de millones cada año en sus fuerzas militares y la burocracia que las rodea. Pero en los albores de la era moderna había muy pocos ejércitos permanentes. Un ejército permanente era un lujo demasiado costoso incluso para las figuras más ricas y poderosas de la Alemania actual. Cuando el emperador Fernando II necesitó un ejército, acudió al mercado para procurarse uno con oro.La Guerra de los Treinta Años puso a prueba las capacidades fiscales y administrativas del Estado tal y como existía, transformándolo en algo mucho más parecido al Estado que conocemos hoy en día; los preparativos de guerra y la intensa acumulación militar proporcionaron la fuerza motivadora necesaria para los tipos de burocratización jerárquica asociados con el Estado moderno. La guerra es el predicado del Estado moderno porque sólo la estructura estatal es lo suficientemente fuerte como para dirigir los sistemas extraordinariamente expansivos y costosos que conocemos hoy en día. Esta transformación se produjo con el surgimiento de personal y estrategias de reclutamiento militar profesionalizados, que se convirtieron en características estables y duraderas del nuevo orden político. Podemos rastrear el surgimiento del orden político actual comprendiendo las conexiones entre la creciente capacidad bélica de los estados de principios de la Edad Moderna, las nuevas armas y tecnologías, y los cambios en las relaciones entre las fuentes de poder social y político existentes. Como veremos, los persistentes problemas relacionados con el reclutamiento y la remuneración de los soldados se convierten en uno de los principales motores de una revolución militar metamórfica y de la coalescencia de los fuertes estados modernos actuales. La falta de los fondos necesarios para pagar a los ejércitos les hizo depender de los mercenarios: la guerra de asedio era extremadamente cara, los gobiernos de toda Europa estaban endeudados y los soldados se amotinaban y cambiaban de bando con frecuencia.Para los más aventureros de la época, ser soldado era lo más cerca que podían estar de la promesa de una paga regular, y las lealtades compradas a menudo no se correspondían con la nacionalidad. En un ejemplo más famoso, John Smith había servido a los Habsburgo luchando contra los otomanos antes de acabar en la actual Virginia. Incluso los gobernantes más poderosos a menudo no podían extraer suficientes recursos de sus reinos, y la frase «sin dinero no hay suizos» se convirtió en una forma habitual de expresar la gran demanda de mercenarios. Para empeorar las cosas, los generales al mando de ejércitos mercenarios privados a menudo no podían ejercer un control suficiente sobre los movimientos y misiones de sus hombres.
Muchas de estas conexiones históricas entre la guerra y la formación del Estado son familiares en los círculos liberales de izquierda y anarquistas. Albert Jay Nock no se anduvo con remilgos cuando dio cuenta del Estado en su ensayo El progreso del anarquista:
El Estado no se originó en ninguna forma de acuerdo social, ni con ninguna visión desinteresada de promover el orden y la justicia. Muy al contrario. El Estado se originó en la conquista y la confiscación, como un dispositivo para mantener la estratificación de la sociedad permanentemente en dos clases: una clase propietaria y explotadora, relativamente pequeña, y una clase dependiente sin propiedades.
Los ciudadanos contemporáneos han aceptado mayoritariamente la descripción post-facto del poder estatal que recibimos de la moderna teoría del contrato social. En esta historia, el Estado es una persona jurídica artificial que creamos para que se aparte de la sociedad y nos proteja apartándonos de un estado de naturaleza violento y brutal. Pero necesitamos un relato del Estado que no sea sólo filosófico y teórico -hipotético para decirlo con más precisión-, sino también material e histórico. De este último enfoque se desprende que el Estado moderno no se parece en nada a un simpático activista de barrio, comprometido con la paz, el amor y la defensa de los más débiles. El Estado no está ahí para protegerte. Es el autor de la guerra, una máquina de violencia y destrucción, el mayor y el primero de los monopolios. Su capacidad para dominar y someter son sus cualidades características. Este marco puede resumirse en una afirmación asociada a la obra del sociólogo Charles Tilly: «la guerra hizo al Estado y el Estado hizo la guerra». Tilly quería un término neutro, «formación del Estado», una alternativa «a la idea de desarrollo político», que rechazaba por su connotación teleológica. Pero, según relató, el problema es que los académicos empezaron a utilizarlo teleológicamente de forma natural: «No existe un término neutro porque la gente tiene agendas teleológicas siempre que piensa en la historia de los Estados».
«Si los chanchullos de protección representan el crimen organizado en su forma más suave», argumenta Tilly, «entonces la creación de guerras y la creación del Estado -los chanchullos de protección por excelencia con la ventaja de la legitimidad- califican como nuestros mayores ejemplos de crimen organizado.» Los filósofos políticos modernos han sido incapaces de decidir su papel, vacilando entre afirmar lo obvio (por supuesto que el Estado es violencia y crimen organizado, y el bien común estaba lejos de las mentes de sus fundadores) y mantener las educadas pretensiones de la historia oficial (el Estado ha adquirido de algún modo legitimidad a pesar de sus orígenes en la conquista y la agresión). Las organizaciones criminales de tipo mafioso pueden convertirse, y de hecho se convierten, en «organizaciones políticas en el sentido weberiano», asegurando su continuidad y sus pretensiones de validez «mediante la amenaza y el uso de la fuerza física». De hecho, históricamente sólo los cuerpos criminales de tipo mafioso han llegado a convertirse en un poder estatal plenamente desarrollado. Los Estados son mafias que han llegado a ser lo suficientemente poderosas como para eliminar a sus rivales del territorio en el que operan, monopolizando la violencia. Tilly señala que los mecanismos extractivos del Estado van y se desarrollan desde «el saqueo descarado al tributo regular pasando por la fiscalidad burocratizada». Los campesinos de principios de la Edad Moderna no habrían asociado los impuestos con la prestación de servicios públicos.Habrían asociado los impuestos a la guerra, como pago en lugar del servicio militar. En última instancia, esta extracción y depredación imparten el carácter criminal organizado del Estado, donde sus víctimas deben pagar por el privilegio de ser protegidas de él. La creación del Estado no es más que la sistematización, el desarrollo y el perfeccionamiento de este ciclo de violencia y extracción.
Recientemente, un grupo de investigadores quiso comprender mejor la relación entre la guerra y sus singulares exigencias organizativas y la formación de los Estados modernos. Querían poner a prueba el marco belicista de Tilly, que sugiere que las guerras del período moderno temprano dan origen a una forma nueva y distintiva de gobierno del Estado. Revisando datos de los años comprendidos entre 1490 y 1790, examinaron los cambios en las fronteras estatales europeas y los datos sobre conflictos. En un artículo publicado en 2023, los investigadores confirmaron «que la guerra desempeñó de hecho un papel crucial en la expansión territorial de los estados europeos antes (y después) de la Revolución Francesa». El Estado no es sólo un chantajista: es el mejor y más limpio ejemplo de chantajista de la historia. Como objeto de estudio histórico, el Estado es una serie de relaciones entre «hacer la guerra, extraer, hacer el Estado y proteger», que se osificaron hasta convertirse en la fuerza organizadora más poderosa de la sociedad.Cuando Kropotkin y otros anarquistas hablan del Estado como algo separado de la sociedad, reconocen que el Estado nunca está realmente separado, ya que la fuerza de su poder lo afecta todo. Lo que quieren decir es que el Estado está separado de todos los demás miembros de la sociedad, o al menos se diferencia de ellos, en su función de protección. El Estado moderno dice algo extraordinario: Yo soy el único que puede usar la violencia, y yo decidiré cuándo es apropiado su uso. A pesar de este hecho, en algunos rincones del mundo sigue habiendo una aprobación generalizada del gobierno y confianza en las instituciones públicas. El Estado no escatima en nada cuando ataca a sus propios súbditos para dominarlos y controlarlos; de hecho, es el Estado moderno el que produce los peores crímenes contra la humanidad. Dado que ha eliminado a sus rivales históricos, el Estado no ve razón alguna para limitarse. Hasta hoy, cuando te pueden espiar o retener indefinidamente sin juicio, o te pueden incluir en una lista negra y acabar muerto. Las «leyes» del Estado son fundamentalmente las amenazas de muerte de un cártel criminal organizado.
La revolución militar
En una notable conferencia de 1955, el historiador Michael Roberts sugirió su hipótesis de una Revolución Militar entre 1560 y 1660, aproximadamente, que impulsó la era moderna del arte de gobernar.Roberts teorizó que una revolución en las herramientas y métodos de la guerra transformó el orden social de forma duradera. Ejércitos más grandes con mayor número de infantería, coreografía y planificación estratégica más complejas, nuevas armas y nuevos mecanismos de administración y gestión exigieron la formación de sofisticados grupos de cerebros en torno al aparato militar; podría decirse que se trata de los primeros albores del moderno complejo militar-industrial. El creciente uso de mosquetes, caro en sí mismo, también requirió un entrenamiento costoso y largo. Pero, curiosamente, estas nuevas armas también contribuyeron a ampliar y profesionalizar el ejército al desentrenar a muchos combatientes: los mosquetes del siglo XVII no eran tan precisos como el arco largo, pero resultaban más fáciles de aprender y utilizar con el efecto deseado. Esta nueva potencia de fuego desencadenó una carrera armamentística que exigía fortalezas más fuertes, lo que llevó a la introducción de la traza italiana (trace Italienne) o traza de bastión. Muchos historiadores han sugerido que esta fortaleza más corta y más gruesa fue la sentencia de muerte del propio sistema feudal, al aumentar el poder de la clase mercantil urbana y centralizar el poder político. Se trataba de las instalaciones militares de vanguardia de su época, proyectos complejos que exigían muchos recursos y mano de obra, cuya construcción llevaría años y costaría entre decenas y cientos de millones ajustados a los dólares de hoy.La combinación de armas de pólvora, fortalezas de artillería y grandes ejércitos de infantería subvirtió la viabilidad del orden político existente. Roberts y otros historiadores han llamado la atención sobre las ingeniosas hazañas militares del rey sueco Gustavo Adolfo, sosteniendo que los avances en la complejidad de la estrategia militar, la organización jerárquica y el aumento del poder económico y político condujeron al surgimiento de los estados centralizados modernos. Sin embargo, esta revolución no fue una revolución militar única, sino que fue el escenario de varias revoluciones, concurrentes y relacionadas, no sólo de naturaleza militar, sino también social, política y económica en sentido amplio. La movilización de la fuerza en la Guerra de los Treinta Años cambió muchas cosas en la sociedad, incluida la posición del poder político en relación con el individuo y el orden social en general. Los ambientes militares están impregnados de la insignia de la diferencia, dominados por complicadas gradaciones de rango y posición. Este es el tipo de respeto cultural aprendido y sincero por la jerarquía y la cadena de mando que fue necesario para la creación de la fortísima contemporaneidad.
Gustavo Adolfo no era un novato en el campo de batalla en la época de la Guerra de los Treinta Años.Había comandado brigadas increíblemente bien organizadas de tropas leales y disciplinadas mientras Suecia luchaba en múltiples frentes en los primeros años del siglo XVII, y se convirtió en un innovador del campo de batalla, adoptando algunos de los métodos de los enemigos que le habían derrotado en el pasado. Sus ejércitos maniobraban de formas nuevas e impredecibles y utilizaban despliegues estratégicos de reservas, desequilibrando a sus oponentes antes de asestarles golpes mortales. Se le recuerda como uno de los precursores de la revolución militar, modernizador y pionero de la guerra sofisticada. Sus tácticas militares se asocian a menudo con el declive de una maniobra de caballería llamada caracole en favor de ataques montados más tradicionales. Entre otros factores, el uso generalizado de pistolas entre los soldados de caballería había «provocado el abandono del sistema de verdaderos ataques montados». En su lugar, los hombres a caballo se alineaban en filas que podían ser muy profundas, disparando desde cierta distancia antes de pasar a la retaguardia de las filas. Pero Gustavo Adolfo llegó a odiar esta táctica después de enfrentarse a formidables ejércitos en la Mancomunidad de Polonia-Lituania, que utilizaban hábilmente las espectaculares cargas de caballería de los famosos húsares alados polacos. Su reputación de genio militar pionero se debe en gran parte a la asombrosa y abrumadora combinación de salvas de mosquetes y artillería con el choque de esas feroces cargas de caballería.Gustavo Adolfo aumentó y mejoró espectacularmente el uso tanto de las armas de fuego como de la artillería ligera, por ejemplo, los cañones pequeños de última generación: en 1624, introdujo la primera pieza de campaña para regimientos de la historia militar, dotando a sus hombres de cañones móviles de 625 libras (los primeros cañones habían aparecido siglos antes, hacia 1325, desempeñando un papel menor durante la Guerra de los Cien Años). El poder naval de Suecia también la diferenció de las fuerzas bajo el control del Imperio, y esto, también, presagió los cambios transformadores que vendrían del poder marítimo y de las riquezas para controlar las rutas marítimas y, por tanto, el comercio. Las victorias de los Habsburgo en la primera mitad de la guerra supusieron una transferencia masiva de tierras a los nobles leales al Imperio, pero las tornas estaban a punto de cambiar. Las victorias de Gustavo Adolfo en la guerra representan el despliegue exitoso de un programa de proyectos administrativos, tácticos y tecnológicos, todos ellos complejos y que requieren muchos recursos. Su sistema de reclutamiento mediante la conscripción sistemática y burocrática y la compensación, que dividió su reino en zonas, anticipó los sistemas utilizados hoy en día por los estados más poderosos.
Fiel al ADN feudal del sistema europeo, el servicio militar durante la guerra se recompensaba con tierras y títulos.Albrecht von Wallenstein, por ejemplo, fue elevado a la categoría de duque por crear un ejército para el emperador Fernando II, antes de ser asesinado por sus enemigos con la bendición de Fernando. Wallenstein es una figura fascinante por derecho propio, que merece una mayor atención tanto por sí misma como por su condición de símbolo de un nuevo orden moderno. Personifica la prestación de la guerra como un sofisticado servicio profesional, un influyente y ambicioso señor de la guerra al mando de un ejército mercenario privado reunido a petición de Fernando II. Fue, como Gustavo Adolfo, un innovador militar y un consumado estratega. La importancia del capital de Wallenstein y su capacidad institucional única para movilizar y dirigir eficazmente a 100.000 hombres prefiguraron la necesidad de que el Estado integrara esta función, entonces privatizada y externalizada. En el nuevo marco político, más secular, que seguiría a los tratados de Westfalia, el capital y el Estado formaban una pareja natural, ascendente frente a los centros de poder más tradicionales y eclesiásticos. Durante la guerra, Wallenstein sostuvo que «había llegado el momento de prescindir por completo de los electores; y que Alemania debía ser gobernada como Francia y España, por un soberano único y absoluto».La unificación de Alemania tardaría siglos en lograrse, con la superioridad militar y burocrática de los prusianos a la cabeza del esfuerzo. El meteórico ascenso de Wallenstein resultó insostenible y, tal vez como era de esperar, recibió la muerte de un mercenario, tachado de traidor y asesinado por orden imperial.
La paz de Westfalia y las características de la soberanía
Después de tres décadas de combates de ida y vuelta por toda Europa central, la guerra llega a su fin oficial en otoño de 1648, con negociaciones en las dos ciudades desmilitarizadas de Westfalia, Osnabrück y Münster. El significado de los tratados dentro del orden político existente sigue siendo objeto de debate. «La convergencia interdisciplinaria e interparadigmática sobre 1648 como origen de las relaciones internacionales modernas ha dado a la disciplina de las RRII un sentido de dirección teórica, unidad temática y legitimidad histórica». A pesar de su enorme reputación e importancia para los académicos, especialmente en el ámbito de las relaciones internacionales, se ha exagerado considerablemente el impacto de Westfalia en las interacciones entre países. Los documentos firmados en Osnabrück y Münster no trajeron la paz a Europa ni unieron a sus grandes potencias en una nueva era de tolerancia y armonía.La guerra continuó, aunque a unas escalas de muerte y pérdida de tesoros más tolerables para unos gobernantes que acababan de supervisar el periodo bélico más destructivo de la historia de Europa. Aunque se ha exagerado la importancia de Westfalia para el concepto de soberanía, redujo un mosaico desordenado de obligaciones políticas y disminuyó la estatura de las fuentes de autoridad supranacional, el Imperio y la Iglesia romana. Esta exaltación del poder estatal local y la consiguiente degradación del Vaticano en la escena internacional enfurecieron al Papa. En una bula publicada poco después de la finalización de los tratados de Westfalia, el Papa Inocencio X los condenó como «nulos, sin valor, inválidos, inicuos, injustos, condenables, réprobos, inanes, vacíos de significado y efecto para siempre». La indignada reacción de Inocencio ante los tratados que pusieron fin oficialmente a la Guerra de los Treinta Años arroja luz sobre el debate que se mantiene en torno a la importancia relativa de los instrumentos diplomáticos de Westfalia en la creación de la soberanía estatal tal y como la conocemos hoy en día. En la época de los acuerdos de Westfalia, la Iglesia y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico habían mantenido una relación especial de cooperación desde la época de los reyes carolingios, más de ocho siglos antes.
Las secuelas de Westfalia demuestran que el significado de la paz tenía menos importancia para la forma en que los Estados se tratarían entre sí, y relativamente más para las relaciones entre los potentados del Imperio, por un lado, y el Emperador y el Papa, por otro. Los grandes príncipes ya no sufrirían los dictados de ninguno de los dos. Los tratados efectuaron un importante cambio constitucional, introduciendo «libertades religiosas protoliberales» en los estamentos del Sacro Imperio Romano Germánico, que dejaban a los súbditos con deberes exclusivamente seculares hacia sus autoridades. Los acuerdos no crearon la soberanía moderna, sino que afirmaron el gobierno de los numerosos gobernantes del Sacro Imperio Romano Germánico frente al poder sobrevenido del Emperador. No alteraron el paradigma fundamental de las relaciones internacionales, ya que las generaciones que siguieron a la guerra estuvieron definidas por varias guerras importantes, como la Guerra Civil Inglesa, la continuación de la Guerra Franco-Española, la Segunda Guerra del Norte y la Guerra Franco-Holandesa, cada una de las cuales causó por sí sola cientos de miles de muertos. En los años inmediatamente posteriores al final de la Guerra de los Treinta Años, el impacto de otras guerras en Polonia acabó con hasta la mitad de su población.
No obstante, gracias a la paz de Westfalia, los rasgos del Estado moderno adquieren un relieve más nítido.En su libro de 1972 Anti-Edipo, el primer volumen de su obra Capitalismo y esquizofrenia, Gilles Deleuze y Félix Guattari exploran los rasgos fundamentales del Estado. Quieren argumentar que el Estado encuentra su punto de partida en dos actos fundamentales: (1) la fijación de la residencia territorial, y (2) un «acto de liberación mediante la abolición de las pequeñas deudas». Históricamente, este alivio de las pequeñas deudas fue uno de los mecanismos que empleó el poder estatal para consolidar su control político y económico y hacer que los campesinos pasaran a depender de un sistema fiscal y de intercambio económico centralizado y gestionado por el Estado de forma más general. Pero el advenimiento del Estado conlleva el endeudamiento permanente del súbdito, una deuda que sólo la muerte puede liberar. Las nuevas realidades de una guerra aparentemente interminable y extremadamente intensiva en recursos exigen la conquista permanente de un ciudadano cuyas principales obligaciones serán para con el gobierno político. El Estado empieza a cortar los lazos culturales tradicionales y locales imponiendo nuevos centros de poder, organizados en torno a abstracciones y centrados intensamente en la fiscalidad, la burocracia y el imperio de la ley. «El sistema feudal había supuesto un mundo en el que todo el mundo estaba vinculado a la tierra y la responsabilidad de su bienestar corporal recaía en el terrateniente».El Estado aliena al individuo de una relación directa con la tierra y los vínculos familiares, encerrándolo y absorbiéndolo en sistemas impersonales. Como explican Deleuze y Guattari, «el Estado inaugura el gran movimiento de desterritorialización que subordina todas las filiaciones primitivas a la máquina despótica». Eso es lo que esperamos del gobierno moderno: que sea tratado como impersonal, neutral. La sociedad comienza a recompensar un nuevo tipo de comportamiento, a medida que crecen y proliferan organizaciones muy centralizadas y burocráticas. El Estado se hace lo suficientemente fuerte como para absorber e incorporar a todos los mercenarios menores. Comienza así un círculo vicioso en el que los impuestos son necesarios para los ejércitos permanentes y los ejércitos permanentes facilitan los impuestos. El gobierno se vuelve aún más anónimo e institucional. En un interesante giro histórico, este desarrollo moderno quizás represente un retorno al costoso sistema romano, en el que la mayor parte de los ingresos fiscales se dedicaban al reclutamiento y mantenimiento de la soldadesca (en el año 150, aproximadamente el 80% del presupuesto romano se dedicaba al ejército). La Guerra de los Treinta Años sigue siendo una pieza crucial del rompecabezas para comprender la formación de los tipos de poder político que dominan el mundo actual, el lugar de intersección entre varias de las principales fuerzas que aún hacen girar los engranajes de la política tanto a nivel nacional como entre naciones.
EEUU atacando posiciones Houthi en Yemen. Fuente de la imagen: U.S. Air Force – Dominio público
El 24 de marzo, el país se enteró de que un grupo de altos funcionarios de la administración Trump (incluidos el vicepresidente, el secretario de Defensa y el director de Inteligencia Nacional, entre otros) enviaron accidentalmente detalles clasificados de ataques militares contra Yemen a Jeffrey Goldberg, editor de The Atlantic. Desde que Goldberg dio a conocer la historia, ha habido un flujo constante de comentarios sobre el «Signalgate», la mayoría añadiendo poco más que ruido y furia. El discurso público sobre el Signalgate revela algo importante sobre la política estadounidense, mucho más importante que la incompetencia en el centro del escándalo. Lo que rara vez se ha mencionado durante la conversación nacional es el elefante en la habitación: los ataques de Estados Unidos a Yemen violan el derecho internacional y contribuyen a una de las crisis humanitarias más importantes del mundo.
La pesadilla de la clase dirigente de Washington es que por fin abramos los ojos ante los crímenes reales y documentados que se cometen en un país que la mayoría de los estadounidenses no puede encontrar en un mapa. Sería difícil exagerar el grado de brutalidad y sufrimiento que Estados Unidos ha endilgado al pueblo de Yemen.Y es imposible separar el enfoque estratégico de Estados Unidos hacia Yemen de su apoyo a la embestida genocida en Palestina. En el primer año de la campaña de terror brutalmente unilateral en la Franja de Gaza, Estados Unidos dio miles de millones en armas y otras ayudas a Israel, sin hacer preguntas. Según el proyecto Costs of War de la Universidad Brown:
El gasto de Estados Unidos en operaciones militares de Israel y otras operaciones estadounidenses relacionadas en la región asciende al menos a 22.760 millones de dólares y subiendo. Esta estimación es conservadora; si bien incluye la financiación de asistencia a la seguridad aprobada desde el 7 de octubre de 2023, la financiación suplementaria para las operaciones regionales y un coste adicional estimado de las operaciones, no incluye ningún otro coste económico.
William Hartung, investigador principal del Quincy Institute for Responsible Statecraft, añade que las ofertas de armas durante este periodo (es decir, más allá de los 17.900 millones de dólares en ayuda militar, incluidos los artículos que aún no se han entregado) ascienden a más de 30.000 millones de dólares. Los Houthis de Yemen han hostigado las rutas marítimas en respuesta al genocidio apoyado por Estados Unidos en la Franja de Gaza, lo que llevó a la administración Biden a reasignar al grupo a su espuria lista de terroristas. Washington ha justificado con frecuencia sus crímenes contra el pueblo de Yemen señalando la amenaza de Irán, tratado como Estado patrocinador del terror.La primera administración Trump, citando una emergencia de seguridad nacional creada por Teherán, se apresuró a entregar armas a los saudíes en contra de la preocupación generalizada por la seguridad de los civiles -miembros del gobierno de Trump fueron despedidos por plantear preocupaciones-. Cabe preguntarse: ¿qué es un Estado patrocinador del terrorismo? Tal como se ha aplicado a los acontecimientos del mundo real, la noción en sí es incoherente e ininteligible, es decir, es propaganda destinada a confundir y engañar a los cómodos estadounidenses. Para dar sentido a esta norma es necesario que nos enfrentemos a hechos incómodos y, sobre todo después de sus acciones ilegales contra Palestina y Yemen, Estados Unidos debe ser considerado el principal patrocinador del terrorismo en el mundo.
Estados Unidos ha matado a no menos de 61 personas desde que comenzó una nueva ronda de ataques el 15 de marzo, pero sus temerarios ataques y su desprecio por la vida civil se remontan a más de dos décadas. Estados Unidos comenzó por primera vez las operaciones con aviones no tripulados y los ataques aéreos en Yemen en 2002, causando «importantes daños a civiles, y nadie ha rendido cuentas por estas acciones». Según el Global Centre for the Responsibility to Protect, sólo los ataques aéreos de la coalición han matado a casi 20.000 civiles, de los cuales más de 2.300 eran niños. Al menos 4 millones de personas se han visto obligadas a desplazarse. En la actualidad, Yemen es uno de los países más pobres y devastados por la guerra del mundo.Debemos ser claros sobre lo que está ocurriendo en Yemen, porque nuestros medios de comunicación están empeñados en ocultar la verdad: la política intencionada de Estados Unidos ha sido matar de hambre a Yemen, y bombardear a su pueblo cuando no se le puede matar de hambre. Cuando Washington quiere matar a un número masivo de personas inocentes sin una acción militar -para asegurarse de que no tengan alimentos, medicinas, energía y otras necesidades vitales- utiliza un programa de bloqueos económicos a escala mundial, racionalizado con vagos gestos hacia el «terrorismo». Durante años, el gobierno estadounidense ha privado a la población yemení de lo mínimo necesario para sobrevivir, al tiempo que atacaba y destruía infraestructuras críticas. Según la Agencia de la ONU para los Refugiados, más de «18,2 millones de personas necesitan urgentemente ayuda humanitaria y servicios de protección», y 5 millones se encuentran en condiciones de inseguridad alimentaria aguda. Cerca de 10 millones de niños yemeníes necesitan algún tipo de ayuda humanitaria. La guerra apoyada por Estados Unidos y el bloqueo han creado un desastre económico en Yemen. El verano pasado, un informe del Banco Mundial afirmaba que en los años comprendidos entre 2015 y 2023, Yemen perdería más de la mitad (54 por ciento) de su PIB real por persona, lo que sumiría a la mayoría de la población del país en una pobreza extrema.
El lenguaje en torno al «terrorismo» es fundamental para los intentos de Washington de controlar la narrativa y conjurar el apoyo público -o al menos la ignorancia pública- de su campaña manifiestamente ilegal en Yemen. Como señaló recientemente Phyllis Bennis, los ataques estadounidenses en Yemen «siempre se denominan ‘bombardeos contra los rebeldes Houthi respaldados por Irán’ para evitar reconocer que, al igual que en Gaza, las bombas están cayendo sobre infraestructuras civiles y sobre civiles que ya se enfrentan a una hambruna devastadora».
Yemen y Palestina han puesto a prueba los límites del sistema imperial: ¿a cuántas mujeres y niños inocentes podemos liquidar antes de que los estadounidenses ensimismados, que miran Netflix sin pensar y comen basura pestañeen? Aparentemente, muchas. La historia de The Signal es la narrativa aparentemente anti-Trump perfecta para las clases parlanchinas: ni siquiera tienen que fingir que defienden una posición progresista contraria a Trump. Mientras residentes legales que no han infringido ninguna ley son desaparecidos de nuestras calles por oponerse a un genocidio en Palestina -totalmente apoyado por ambas alas de la clase dominante-, la clase dominante puede centrar nuestra atención y lealtades en la justa misión militar de Estados Unidos.
El imperialismo es la fe compartida de la clase dominante porque todo el sistema económico y social estadounidense depende de él -las golosinas baratas que nos pacifican y ocultan las verdaderas características del sistema de producción: el robo de tierras, el trabajo esclavo, la extracción de recursos naturales, el opresivo régimen de «propiedad intelectual» que entrega las propias ideas a rentistas corporativos privilegiados. Si alguna vez se cuestionan las guerras eternas, toda la ideología gobernante y el paradigma político quedan expuestos al escrutinio. Y no pueden sobrevivir a una mirada más atenta, porque representan el comportamiento criminal en su forma más desvergonzada.
El salvajismo de Washington en Yemen, y la extraña reacción de la prensa corporativa al respecto, apuntan a una profunda crisis moral y a una pérdida de rumbo en Estados Unidos. Parece que somos incapaces de enfrentarnos a la influencia maligna del gobierno en el mundo y a sus violaciones casi constantes de los principios más fundamentales del derecho internacional. Pero no entenderemos el fascismo MAGA como fenómeno social y político hasta que veamos claramente su conexión con el imperio estadounidense y sus crímenes contra personas inocentes, incluidas las de Yemen.
David S. D’Amato es abogado, empresario e investigador independiente. Es asesor político de la Fundación Futuro de la Libertad y colaborador habitual de opinión de The Hill.Sus escritos han aparecido en Forbes, Newsweek, Investor’s Business Daily, RealClearPolitics, The Washington Examiner y muchas otras publicaciones, tanto populares como académicas. Su trabajo ha sido citado por la ACLU y Human Rights Watch, entre otros.
La creciente ola de fascismo y violencia política organizada de la derecha, en particular la movilización de las fuerzas de la derecha callejera, como los Proud Boys y los Oathkeepers, han devuelto la cuestión de la autodefensa al centro de las preocupaciones anarquistas y antifascistas. Esto se ha vuelto más candente tras la brutal movilización fascista y la violencia en Charlottesville, Virginia, en agosto. El asesinato allí de Heather Heyer por un neonazi da a la cuestión de la autodefensa una importancia de vida o muerte.
El período actual demuestra la necesidad ineludible de que los anarquistas se dediquen a la formación en autodefensa. Pero también demuestra que esto es insuficiente si se queda en una base individual. El contexto actual de las crecientes mareas de amenazas de la alt-right subraya la necesidad de la autodefensa sobre una base colectiva y organizada de ayuda mutua y solidaridad.
Ya existen algunas formas de defensa colectiva a las que los anarquistas pueden recurrir. Una de las más conocidas entre los anarquistas en los últimos años ha sido la táctica del Black Bloc [Bloque Negro]. Se originó como un medio para contrarrestar a los fascistas y la policía en Alemania en la década de 1980, donde proporcionó una defensa crucial para las ocupaciones ilegales que fueron objeto de interrupción o ataque por ambos.
Obviamente, el Black Bloc en Norteamérica ha sido muy eficaz en manifestaciones y protestas callejeras. Pero no se traduce directamente en la defensa cotidiana del vecindario. Llevar una máscara o un pañuelo negro no es la mejor manera de presentarse o congraciarse con los vecinos. El anonimato necesario en las manifestaciones callejeras es contraproducente, incluso contraproducente, en el contexto de la construcción de la solidaridad y la protección del vecindario.
La organización anarquista contra los fascistas y los grupos de supremacía blanca en el periodo comprendido entre los años 80 y principios de los 2000 fue llevada a cabo en gran medida por Anti-Racist Action (ARA), fundada en Minneapolis. Agrupaciones de ARA actuaron en numerosas ciudades de Norteamérica.
ARA se organizó en gran medida como una fuerza reactiva de lucha callejera de antirracistas dispuestos a correr riesgos enfrentándose a los fascistas cuando se reunían públicamente o en actos como conciertos. Aunque no estaba regimentada ni entrenada militarmente como fuerza de combate para la autodefensa, la ARA estaba formada por personas comprometidas dispuestas a luchar para acabar con la presencia pública fascista. Aunque algunos miembros de la ARA practicaban artes marciales, no siempre era el caso de que la ARA en su conjunto realizara un entrenamiento sistemático. Tampoco se organizaban sobre la base de formaciones de defensa permanente. La acción tendía a ser espontánea y reactiva.
La dependencia de la defensa reactiva o espontánea es a menudo el caso de las acciones antifascistas actuales, llevadas a cabo mediante respuestas rápidas a los fascistas. En los asaltos libres contra ellos, como las cargas frontales, hay poca preparación estratégica o táctica o poca disciplina.
A lo largo de los años, ha habido varios proyectos de entrenamiento en artes marciales entre activistas, espacios y comunidades anarquistas y antifascistas. En el Espacio Libre Anarquista y en la Escuela Libre de Toronto, esto se ofreció junto con clases sobre anarquismo. Cabe destacar que los participantes y miembros del colectivo Free Skool tenían la sensación de que los cursos de artes marciales eran menos necesarios o relevantes que los teóricos e históricos.
Para algunos anarquistas, otra práctica de autodefensa adopta la forma de patrullas de vigilancia policial. La vigilancia policial consiste en la observación organizada desde abajo de las autoridades, en contraposición a la vigilancia desde arriba por parte de las autoridades.
En Surrey, cerca de Vancouver, hemos puesto en marcha equipos de copwatching para grabar, documentar y dar a conocer las acciones violentas de los agentes de la Real Policía Montada de Canadá (RCMP) y de los agentes municipales encargados de hacer cumplir la ley contra los sin techo. A medida que se han dado a conocer estas acciones, la policía ha cambiado considerablemente sus actuaciones, volviéndose menos abusiva. Al menos un agente de policía ha sido expulsado.
Una base para la defensa
La base estructural para una organización de defensa ya la proporciona el ejemplo de la escuadra volante laboral utilizada por los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) a principios del siglo XX. Una fuerza de defensa de este tipo podría movilizarse rápidamente a través de una lista telefónica accesible a todos los miembros.
No sólo permite un despliegue rápido, sino que también se basa en relaciones preexistentes de confianza y acción. Los miembros se conocen entre sí y tienen importantes experiencias de trabajo conjunto durante acciones políticas, protestas y/o huelgas y piquetes en el lugar de trabajo. También suelen tener relaciones de actividad y confianza con personas de otros movimientos sociales y organizaciones comunitarias, como grupos de lucha contra la pobreza o de defensa de los inmigrantes. Tal fue el caso en Toronto, con varias brigadas volantes, tanto sindicales como autónomas, y relaciones con la Coalición de Ontario contra la Pobreza.
La formación puede extenderse a toda una comunidad o barrio, proporcionando así espacios y prácticas de construcción de la solidaridad. A mayor escala, pueden ofrecer alternativas a las intrusiones estatistas en las comunidades. Para ello habría que desarrollar la autodefensa sobre una base comunitaria más amplia y regular.
Autodefensa y ayuda mutua
La autodefensa comunitaria es una expresión importante de la ayuda mutua, el impulso anarquista básico y el principio de organización.
La solidaridad sobre esta base va más allá de la dependencia del Estado para la protección o la respuesta a la crisis. Ayuda a las personas a desarrollar relaciones, habilidades y confianza para apoyar a los miembros de la comunidad en lugar de recurrir a las autoridades. También ayuda a romper el reflejo de recurrir al Estado para hacer frente a los problemas o amenazas sociales.
Los anarquistas no deben hacerse ilusiones de que pueden satisfacer satisfactoriamente las necesidades de protección de la comunidad en este momento. Hay mucho trabajo por hacer y muchas ciudades con movimientos anarquistas tienen capacidades mínimas de autodefensa. Este es un verdadero reto para los anarquistas.
Es imposible hablar significativamente de alternativas al Estado y proporcionar pruebas convincentes a la gente de que el anarquismo ofrece algo de una alternativa realista o práctica si estos recursos y capacidades no se desarrollan. No proporciona un puente desde el actual estado de cosas al anarquismo si tales necesidades no pueden ser satisfechas de manera anárquica.
Y deja a la gente poco convencida. Esto no quiere decir que deban alcanzarse plenas capacidades de autodefensa. Pero hay que trabajar más para acercarse a un nivel efectivo y convincente de atención comunitaria.
Los esfuerzos de autodefensa ofrecen un medio importante para acercar a los no anarquistas a las relaciones con los anarquistas. La gente se involucrará en los esfuerzos de protección contra los fascistas y/o contra la violencia policial incluso si no se han identificado como anarquistas, o nunca se verán como tales.
En la medida en que las redes sociales adquieren cada vez mayor protagonismo en la vida social y política, las grandes marcas, Twitter antes y ahora X, Facebook entre otras de menor importancia numérica en usuarios, los gestores directivos de estas por indicación de sus propietarios vienen realizando campaña de acoso y derribo hacia aquellos usuarios que denuncian y cuestionan la vulneración de derechos básicos de cualquier sociedad que se reivindique democrática.
La estrategia de censurar bloqueando cuentas de usuarios que no se ajustan a sus inconfesables y bastardos intereses, es una práctica habitual y generaliza. Conozco muchos casos de usuarios de FACCEBOK que fueron sus cuentas bloqueadas, sin ir más lejos, personalmente me han eliminado tres cuentas, y estas, después de que me restablecieran una de ella pasado algún tiempo, ahora nuevamente vuelven a bloquearla alegando que “soy menor de edad” y que no me ajusto a sus “normas”, y ello después de haber aportado copia de mi DNI. Evidentemente soy adulto y en ningún caso un menor de edad. En cuanto a sus normas, que por cierto se la pasan por las entrepiernas, al igual que los derechos más elementales y básicos individuales, a saber; libertad de expresión, de pensamiento, democráticos y, un largo compendio de valores, no pueden quedar sin respuesta.
Recientemente, animado por la campaña contra el neofascista de Elon Musk cancele la cuenta que tenia en X, campaña que se extendió contra otros intereses que el explotador multimillonario posee a lo largo y ancho de la geografía terráquea. Así que lectores, amigos y compañeros, el arma más eficiente de los expoliados, explotados y ninguneados es la SOLIDARIDAD, cualquier gesto y acción por muy “insignificante” que te parezca contribuye a contener la insaciable ambición de control y explotación de estos impresentables que se hacen llamar emprendedores.